jueves, 8 de diciembre de 2016

La Montaña (relato)


«Escrito está en los arcanos libros que aún guardan la sabiduría ancestral. Hubo un tiempo en que los hombres vivían sometidos al yugo de los dioses, hasta que un héroe lo sacrificó todo para romper las cadenas y liberar a la humanidad.»

Esta es la culminación de la aventura épica de Ere Nayak, el héroe remoto y solitario que se enfrentó a la tiranía de los dioses.

De nuevo presentamos aquí este relato corto de Juan Nadie, que se enmarca dentro del género fantástico y épico.
Si pinchas en la portada, podrás leerlo en la página web Wattpad, la internacional y afamada página canadiense para escritores y lectores.
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En cualquier caso, la lectura de este relato te supondrá un gasto total de 0,00 , es decir, totalmente gratis

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LA MONTAÑA

No son muchos los que lo saben, y menos aun los que están dispuestos a admitirlo. O tienen el valor de hacerlo. Pero escrito está en los arcanos libros que aún guardan la sabiduría ancestral. Hubo un tiempo en que los hombres vivían sometidos al yugo de los dioses, hasta que un héroe lo sacrificó todo para romper las cadenas y liberar a la humanidad.
Los pueblos que vivieron en los primeros tiempos del mundo lo sabían y con resignación lo aceptaban. La única manera de hacer realidad sus deseos era a través del favor de los dioses. Sin su indulgencia, ningún anhelo era satisfecho, ningún ruego colmado, ninguna esperanza alcanzada. Sin los dioses, nada se podía conseguir. Pero los dioses no siempre escuchaban. Concedían los sueños rogados por los hombres si su caprichosa y voluble naturaleza así lo determinada. Pues la voluntad de los dioses era tornadiza como el viento entre los juntos. Los hombres no podían hacer otra cosa que suplicar sin cesar su beneplácito.  
El conocimiento de aquel mundo original se ha perdido ya en la memoria del mundo, pero para Ere Nayak, la tiranía de los dioses era algo real y tangible, pues él vivió en aquella época cuyo recuerdo no ha llegado a nuestros días.
Al pie de la ladera, Ere Nayak tiró a un lado el zurrón con las magras provisiones que aún le quedaban. Estaba en la última etapa de su viaje y ya no le servían para mucho. Tras unos instantes de vacilación, también arrojó lejos la maciza espada de hierro que llevaba al cinto. Tan sólo conservó la lanza, que podría servirle de cayado durante la escalada. Se arrebujó en sus gastadas ropas de piel sin curtir y comenzó a subir con determinación. Desde hacía muchas lunas, alcanzar la cumbre de la montaña se había convertido en el único motivo de su existencia. Quizá también en el último.  
―Tal vez lo consiga ―dijo #113 a sus dos compañeros en lo alto de la montaña. El dios observó con los ojos entrecerrados a la pequeña figura que se movía gateando entre las rocas, acortando la distancia de forma lenta, pero inexorable.
―Eso es imposible ―contestó #54 con un deje de hastío―. Ninguno de ellos ha llegado nunca hasta aquí.
―Una o dos veces sí que lo han conseguido, mi querido #54. Deberías leer los Registros de vez en cuando.
El dios soltó un resoplido y expresó sin sombra de duda el fastidio y aburrimiento que supondría la tarea sugerida por su divino colega. Se giró sobre sus pasos y centró su atención en #69, que indolente y perezosa se recostaba sobre la nieve.
―¿Tenemos que estar aquí todavía mucho tiempo? ―preguntó #69 con un bostezo―. Estoy terriblemente aburrida. Aquí no hay nada que hacer.
―Te comprendo perfectamente, querida. Pero tenemos que esperar a que el humano llegue a la cima de la montaña ―contestó #113.
―¿Para qué? ¡Yo quiero volver! ―insistió la diosa con un precioso mohín de su boca mientras cambiaba de postura.
―Mucho me temo, querida mía, que no te queda más remedio que ejercer la virtud de la paciencia. Esta es la montaña de los dioses. Si un humano consigue alcanzar la cumbre, al menos uno de nosotros tiene que estar aquí para recibirlo. Ya lo sabes. Son las reglas ―replicó #113 con una sarcástica sonrisa.
―Esto de la divinidad es a veces un auténtico fastidio ―replicó #69 con un suspiro. Se recostó un poco más sobre el helado suelo y cerró los ojos.
—Tienes toda la razón —replicó #54 con otro bufido.
Ere Nayak miró hacia arriba un momento, a la cima que era el final de su largo viaje. Su meta. Su destino. Aún le quedaban mucho por ascender y el frío de la montaña drenaba con rapidez sus ya mermadas fuerzas. Soltó un gruñido de dolor cuando uno de los desollados pies se apoyó sobre una piedra plagada de filos cortantes. Paró unos instantes y maldijo por enésima vez a los dioses.
Él nunca había prestado demasiada atención a las antiguas historias de su pueblo. Los dioses siempre le habían parecido criaturas remotas e impredecibles, tiranos ciegos que regían el mundo llevados tan sólo por su capricho y su antojo. Pero cuando el desastre abatió la aldea, Ere Nayak comprendió que la única manera que tenía de cambiar el destino era subir a la montaña y hacer su petición. Según contaba la leyenda, ya hubo una vez un hombre que lo consiguió. Su deseo fue gobernar sobre el gran bosque y los ríos que lo surcaban. Él fue el primer rey de su pueblo.
Apretó los dientes, se agarró con fuerza a las rocas y continuó su ascensión. No estaba dispuesto a rendirse.
Llegar a la montaña y conseguir el favor de los dioses no había sido tarea fácil, como bien le advirtieran las leyendas de su tribu. Ere Nayak tuvo que atravesar desiertos calcinados habitados por criaturas extrañas y ponzoñosas. Surcar pantanos abarrotados de mosquitos y sanguijuelas que se pegaban a su piel por docenas. Se vio obligado a luchar contra enemigos sanguinarios y bestias feroces. Ninguno de los que partieron con él al comienzo del viaje había conseguido llegar. Sólo la obstinación y el odio le impulsaban a seguir, a mantenerse en pie. Y la última prueba había sido la peor de todas. Tuvo que elegir entre aquella pobre gente o continuar su largo viaje. Muchos inocentes murieron, incluyendo mujeres y niños. En su búsqueda lo había perdido todo, familia, amigos, honor, dignidad y hasta la bondad de su corazón. Ya no le quedaba nada. Ya nada podía detenerlo. Sabía que no habría viaje de vuelta a casa.
―¡Creo que aquí llega! ―exclamó el dios de menor rango.
―¿Qué se supone que debemos hacer con él? ―preguntó #54.
―Hay que concederle lo que nos pida, según creo. Es el premio por subir a la montaña ―contestó #113.
―¿Y qué nos pedirá?
―Riquezas, fama, poder, la resurrección de algún ser querido…, eso suele ser lo normal.
#69 se desperezó con voluptuosidad y emergió de la aparente modorra en la que estaba sumida.
―¿Podemos resucitar a los mortales? ―preguntó.
―Según los Registros, creo que sí ―contestó #113.
―¡Qué interesante! Aun así, sigo pensando que todo esto es una verdadera pérdida de tiempo. Deberíamos olvidar a ese estúpido mortal y regresar. ¡Me aburro! ¿Por qué me habéis traído aquí? ¿Por qué no se lo pedisteis a #27? ―refunfuñó la diosa.
―Lo hice, querida ―dijo #113―. Pero ella tiene un rango superior al tuyo, así que podía permitirse elegir.
La diosa recostada sobre la nieve escupió una maldición que era a la vez un soez y despectivo insulto para su correligionaria deidad.
Un brazo sucio y medio congelado asomó por el borde del último risco. Le siguió un cuerpo que una vez fue musculoso y fuerte, pero que ahora se encontraba desecho, como un muñeco de lana a punto de deshilarse. La cabeza del hombre estaba oculta en parte por un burdo vendaje manchado de oscuro que cubría uno de sus ojos. Los pies y las manos no eran más que llagas heladas. #113 sintió un conato de asombro, incluso de admiración ante la visión del desdichado mortal. #54 se vio invadido por la confusión. #69 lanzó una mueca de asco.
―¿Sois los dioses? ―preguntó Ere Nayak, con todo el aplomo que el terror que aleteaba en su pecho le permitía.
―Yo soy… uno de los… eh… dioses de la montaña ―respondió #54 en la lengua del hombre―. Bienvenido a nuestra sagrada presencia… eh… mortal del pueblo de… eh… los… de abajo de la montaña.
#54 lanzó una mirada de interrogación a su compañero. #113 respondió con una leve inclinación de cabeza.
Ere Nayak observó con su único ojo sano a la sonriente deidad. El temor que sintió al principio empezó a desvanecerse como la niebla en un vendaval.
―¿Os avendréis a conceder mi petición? ―preguntó.
―Esa es la regla. Todo aquel que alcance la cima de la montaña de los dioses tiene ganado su favor —dijo #113.
―¿Cualquier cosa?
#69 lanzó un resoplido de impaciencia.
―Lo que pida tu corazón ―respondió #54.
Ere Nayak se dejó caer de rodillas, agotado, delante de la divina trinidad que lo contemplaba. Tras unos segundos, levantó el rostro con esfuerzo y miró a los dioses con desafió.
―Pido que los dioses abandonen la montaña y nunca más intervengan en el mundo de los hombres ni en sus vidas. Que nunca más dependamos de los dioses ni tengamos que rogar sin tregua por su benevolencia. Que no nos veamos sujetos a su capricho ni a su ira. Deseo que los hombres sean los dueños y señores de su propio destino.
Las tres deidades se miraron unas a otras en profunda consternación.
―Las reglas son las reglas ―dijo #113 con un encogimiento de hombros.
Ere Nayak dejó escapar un suspiro y se desplomó. Su cuerpo hizo un sonido apagado al chocar contra la helada nieve de la cima.
Cayó muerto a los pies de los dioses de la montaña, pero su viaje no fue en vano. Consiguió su propósito. Los dioses abandonaron el mundo y nunca más se inmiscuyeron en los asuntos de los hombres.
Aunque algunos lo hayan olvidado.

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Del Qenya (alto élfico) y/o del Sindarin (élfico gris):
Ere --> solitario
Nayak --> dolor, doloroso

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© Juan Nadie, Planeta Tierra, 2014
Obra inscrita en el Registro de la Propiedad Intelectual de Safe Creative (www.safecreative.org) con el número 1008056983604, con fecha de 5 de agosto de 2010.
Todos los derechos reservados.
Ilustración de la cubierta: fotomontaje del autor.

jueves, 1 de diciembre de 2016

¡COMIDA!

La paremiología popular incluye en su haber numerosos refranes y proverbios que hacen referencia a la necesidad de alimentarse.
«A buen hambre, no hay pan duro». «El hambre es el mejor cocinero». «No hay mejor condimento que el hambre». «El hambre es muy mala consejera».
Pero no hay nada tan horrible como cuando la tortura del hambre se convierte en algo real.

Aquí tienes un nuevo relato de Juan Nadie, que se adentra por los recovecos del terror más básico y primigenio.
Pincha en la portado o sigue hacia abajo y lo podrás leer. 
Puedes descargártelo gratis en PDF aquí

http://my.w.tt/UiNb/Rp9lmSJjKy


¡COMIDA!
 Después de cuarenta y siete días atravesando la llanura pelada, el hombre se había comido todas sus provisiones, al perro y al caballo. No dejaba de pensar en comerse el legajo de cartas que constituían el objetivo de su misión. Los pequeños arroyuelos que encontró en su camino sólo contenían agua pura y limpia, cristalina. Ni un pececillo, ni un simple renacuajo que llevarse a la boca. Ni siquiera los insectos se adentraban en la interminable llanura. Era un páramo estéril y desierto, vacío de vida.
En la última semana se había visto obligado a chupar el cuero de su viejo cinturón para acallar los gritos hambrientos de su estómago. Estaba flaco y grisáceo, y sus botas aparecían completamente carcomidas de patear los interminables guijarros.
Hacía tres días que no dormía, pero no podía dejar de caminar. Las mandrágoras estaban cada vez más cerca. Las había visto por última vez la pasada madrugada desde lo alto de una pequeña colina. Y aunque él no suponía una pieza muy jugosa para ningún depredador, pues apenas si tenía un poco de pellejo sobre sus doloridos huesos, en aquel desierto un gramo de carne valía más que un gramo de oro.
Entonces lo vio, sentado sobre una piedra redondeada, en forma de cojín. Parecía un niño, aunque desproporcionado de forma extraña. Vestía de un llamativo chaleco de color rojo y adornaba su redondeada cabeza con un puntiagudo sombrero del color del musgo.
Al acercarse unos metros, el hombre se dio cuenta de que la extraña criatura no era un niño. Tenía una larga barba de color gris, aunque un tanto deshilachada, y sus orejas eran de un tamaño inusitado, puntiagudas y de largos lóbulos. Parecía estar olfateando el aire, a juzgar por la increíble movilidad de su bulbosa nariz, más parecida al hocico de un animal que a un apéndice humano normal. No parecía asustarle la llegada del hombre, al que se quedó mirando con una chispa de curiosidad y risa en unos ojillos pequeños de un raro color azul.
—¿Quién eres tú o, mejor dicho, qué eres tú? —preguntó el hombre, deteniéndose frente al hombrecillo.
—Soy un gnomo, por supuesto —respondió el hombrecillo—. ¿Y tú qué eres?
—Yo soy un hombre, desde luego —replicó el hombre—. Y tú no puedes ser un gnomo. Los gnomos no existen, son sólo leyendas y cuentos para entretener a los niños. Tú debes ser sólo una alucinación del hambre. La debilidad debe estar afectándome más de lo que yo creía. Tengo que salir pronto de esta maldita llanura.
—Tampoco los hombres existen, son sólo fábulas de viejas. Así que tú tampoco puedes ser lo que dices ser —dijo el enano, con un cierto aire de burla en sus ojillos azules.
—Esto es absurdo. Estoy hablando con un gnomo imposible que me dice que yo no existo. Son los delirios del hambre y del cansancio. Esta criatura sólo puede ser una estúpida alucinación.
—¿Tienes hambre? —preguntó el gnomo.
El hombre miró al extraño ser con una cierta consternación en la mirada. Para ser una alucinación era bastante real, y no parecía estar dispuesto a marcharse.
—Llevo más de una semana sin comer y varios días sin dormir —contestó al fin el hombre con reluctancia—. Me persiguen las mandrágoras para devorarme y yo me entretengo hablando con espejismos de gnomos y duendes.
—¿Por qué no te comes tú a las mandrágoras?
—No puedo —contestó el hombre.
—¿Por qué? —replicó el hombrecillo.
—Porque las mandrágoras son dos y estoy demasiado débil para luchar contra ellas. Mi única esperanza es salir de la llanura pelada antes de que me alcancen.
—No creo que lo consigas —dijo el gnomo.
—¿Y por qué no, si puede saberse? —preguntó el hombre, con un asomo de cólera en la voz. Aquella estúpida situación estaba empezando a enfadarle. Tenía que ponerse en camino de nuevo; podía pagar caro perder el tiempo de esa manera.
—Apenas has recorrido la mitad de la extensión de la llanura pelada, y ya estás exhausto y agotado. Aquí no hay nada que comer, ni siquiera hormigas. La única comida sois tú y las mandrágoras —dijo el duende, su mirada se clavó con intensidad en el rostro del hombre.
—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó el hombre con la voz helada, el miedo atenazándole la garganta. Un escalofrío de terror le recorrió la espina dorsal.
—¡Oh! Tú sabes lo que quiero decir —respondió el gnomo con una cínica sonrisa, revelando unos dientecillos puntiagudos y afilados como cuchillos. Un hilillo de saliva le goteó por la comisura de la boca.
De su zurrón sacó dos cabelleras verdes de mandrágora, manchadas de sangre reseca. 

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© Juan Nadie, Planeta Tierra, 2016.
Obra inscrita en el Registro de la Propiedad Intelectual de Safe Creative (www.safecreative.org) con el número 1102228556518, con fecha de 22 de febrero de 2011.
Todos los derechos reservados. All rights reserved.
Ilustración de la portada: fotomontaje del autor.
NOTA: Este relato quedó semifinalista en el IV Certamen de Poesía y Relato GrupoBuho.es, en noviembre de 2007, y fue publicado en el libro antológico de dicho certamen.